Ignasi Riera

«L´HORA DEL RETORN

La memòria és fràgil. Sempre havia cregut que Joan Oliver i la seva dona havien tornat de l’exili l’any 1947. M’adono que vaig errat de comptes i que tothom em diu que no, que el retorn va ser el 1948. El meu germà Lluís m’aclareix l’embolic. «¿No te’n recordes? La tia Con va tornar l’estiu del 1947, quan nosaltres estiuejàvem a cal Puig Nou, de Centelles. Va tornar ella sola… L’oncle Joan va venir al cap d’uns mesos…»

L’Oliver ha explicat a Montserrat Roig per què es va decidir a tornar: s’enyorava massa: «Vaig decidir tornar perquè la meva dona, que havia passat al davant, em deia que ja ho podia fer sense perill. És a dir: jo no volia fer una quixotada, deixar-me agafar, fer com en Grimau, no. Jo no sóc un heroi, no tinc vocació de màrtir. Total, em va costar dos mesos i mig de presó i res més».

Va vendre tot el que tenia al pis. I l’operació el va deixar extenuat. Recorda aquelles actituds d’aus de rapinya, en una casa on troben ‒a l’hora del remate‒ més llibres que mobles. En Xavier Benguerel se l’enduu a dinar a un restaurant del barri perifèric, des d’on veuen el balcó del pis que havia estat «a casa», els darrers temps de Xile. Benguerel ho explica així:

El meu oncle Pere Quart, materials per a un retrat, Edicions La campana

Dashiell Hammet

 

Se li girà el turmell i va caure. El vent del sud, que bufava turó avall fuetejant els arbres de la vora de la carretera, va apagar la seua exclamació fins un sospir i li arrabassà el mocador mentre el feia desaparèixer  en l’obscuritat.

Als seus peus, al camí, jeia la seua sabata dreta. En ficar-se-la s’adonà que li faltava el tacó dret. Mirà atentament al seu voltant i després començà a buscar-lo, de grapes turó amunt, de cara al vent, amb una ganyota de dolor quan tocava el terra amb el genoll dret. Abandonà aviat i intentà trencar el tacó de la sabata esquerra, però no va poder. Tornà a ficar-se la sabata i es posà dempeus, d’esquenes al vent, recolzant-se contra la violència del vent i el pendent del camí. El vestit se li enganxava a l’esquena i voletejava davant seu. Els cabells li assotaven les galtes. Recolzant-se en la punta del seu unflat peu dret per a compensar el tacó perdut, continuà coixejant turó avall.

Woman in the dark, (1933)

Luis Goytisolo

 

«Un Trabajo, a veces, con algo en común con el del forzado, no más libre el preso que nosotros de abandonarlo, por más que nos preguntemos qué coño nos lo impide, qué coño hacemos sentados ahí, poniendo una palabra detrás de otra como una hormiga que acumula grano, afectados quizá por la llamada de la calle, esa calle como más amplia y clara sin el follaje de los plátanos, ahora desnudos y podados, como más despejada, cuando, pese al sol flojo y desvaído y a los cuellos de piel y a las bufandas ondeantes de los transeúntes, hay algo en la ciudad que nos hace caer en la cuenta que ya falta poco para la primavera. La escasa predisposición al trabajo, los pretextos que uno se busca, divagaciones, pensamientos a la deriva, recuerdos, el paseo con Matilde por el parque de Sceaux una tarde de verano, por ejemplo, entonces uno sale a comprar el Herald Tribune o Le Monde ‒si han llegado‒ y alguna revista ‒si no ha sido secuestrada‒ y a recoger de paso la correspondencia y, como si el cartero se hubiera propuesto brindarnos nuevos temas de evasión, transmisión del pensamiento, premociones, etcétera, nos encontramos con una carta de Matilde, sugerente incluso antes de abrirla, ahora que en París, por poco bueno que haya sido el invierno, deben estar apuntando ya los crocus y destacando en el verde el amarillo de las forsythias, ambientación que se diluye mientras uno va leyendo querido Raúl, ¿cuánto crees que puede durar un amor definitivo? Porque esta vez, y va en serio, creo que es definitivo. Pero me gustaría saber tu opinión, que os conocierais. ¿Tienes previsto algún viaje a París lo antes posible? Si no es así, quizá lo mejor sea que vayamos a España lo antes posible. ¿Está ya el mar como para bañarse? ¿Encontraremos hotel abierto en algún pueblo de playa? Más tuya que nunca, Matilde.»

Los verdes de mayo hasta el mar, Seix Barral

Terenci Moix

“Brindo por Alejandría, la del gran sueño literario, la del gran refugio clásico, la del disparate arquitectónico, y corro el necesario velo sobre el presente de una Alejandría reducida al destino, más bien triste, de una playa de moda. Las espléndidas villas de la colonización europea ‒con sus eclécticas arquitecturas‒ desaparecieron casi todas, víctimas de la piqueta y el creciente apogeo, junto al Mediterráneo, de espantosos rascacielos en el peor estilo Benidorm. La sociedad cosmopolita que refleja Durrell, en su magistral laberinto literario, salió con pies en polvorosa a partir de la revolución nasserista (que no supo oponer, en su lugar, ni siquiera una cultura proletaria: solo la incultura). Y apenas cuatro ruinas ‒más bien tristes‒ me recuerdan que, dos mil años antes de toda esta invención literaria, Alejandría fue el gran centro cultural del Mediterráneo. ¡Espléndido prestigio de la Nada!

Pero ese viaje no es tiempo perdido. Permanece, evanescente, la fascinación del híbrido que es, desde el principio de su historia, Alejandría Y aunque los espejos del «Hotel Cecil» no devuelvan ya, las imágenes fragantes de elegantísimas madamas imitando los modos de París, y aunque las academias donde floreció, con pompa, el neoplatonismo no tienen una sola ruina que las evoque, alguna magia especial, inmanente, ligera y única permanece en el solo nombre de Alejandría, the unforgotten city de Durrell. Con la edición completa de Alexandria Quartet en la mano, Enric Majó y yo recorrimos las calles de la ciudad soñada para ir reencontrando, aquí y allá, calles, memorias, frustraciones de invenciones (o su realización). Y el experimento demuestra curiosidades de altísimo turismo; por ejemplo: que en la gran arteria que fue la Rue Fuad (hoy Nasser) esquina a la tan citada Rue Nebi Daniel, no se encuentra, como quería Durrell, la barbería babilónica de Mnemjian, «el oráculo de la ciudad», sino una muy moderna sucursal de la Librería Hachette. Y se comprende por qué fue tan vital para Justine ‒nuestra Justine‒ abandonar el barrio árabe y triunfar, señorona, en la sociedad de los grandes bulevares europeos.”

Terenci del Nilo, Plaza & Janés

Cristina Morató

Mary Sheldom: La exploradora feminista

“La culpa de que la americana Mary Sheldom se hiciera exploradora la tuvo un insigne amigo de su padre, Henry Morton Stanley. Por aquel entonces el explorador y descubridor de las míticas Montañas de la Luna se encontraba en la cumbre de su carrera. Sus audaces aventuras africanas despertaban en los jóvenes la atracción por lo desconocido.”

[…]

(Mary Sheldom) “Se despide de su marido que prefiere esperarla cómodamente en su casa de Boston y zarpa rumbo a Mombasa, en la costa swuahili africana. A partir de este momento empiezan los problemas: ni en Mombasa ni en la isla de Zanzíbar encuentra porteadores que quieran acompañarla. Pero no es de las que se doblegan con facilidad y decide pedir ayuda al sultán de la isla (…). Consigue más de cien hombres (…). Sólo convence a una porteadora para que la acompañe en su travesía. La idea de formar una expedición integrada sólo por mujeres deberá dejarla de lado.

Mary parte con una caravana de ciento cincuenta y tres porteadores y pronto se revela como una gran estratega. En su caso le interesan más las personas que los paisajes maravillosos que desfilan ante ella. Quiere llegar al país de los masáis, a los pies del Kilimanjaro pero quiere que haya las menos bajas posibles. Así se preocupa constantemente de la salud de su gente, les vacuna contra la viruela, les cura las llagas, hace jornadas más cortas para evitar el agotamiento. Los porteadores que en un principio dudaban de ella, ahora la apodan cariñosamente «Bebe Bwana», la mujer jefe. Saben que es una experta tiradora y que puede defenderles en caso de peligro. También saben que si no la obedecen es capaz de castigarlos con dureza. En un momento del viaje los porteadores que encabezan la columna se niegan a seguir por temor a los masáis. May les amenaza con su pistola, pero es inútil, y decide castigar a los cabecillas mandándoles azotar. En su libro justificará esta actitud: «En total no azoté a más de diez hombres durante todo el viaje… Me di cuenta de que la disciplina sólo podía ser mantenida por la aplicación de castigos seguros y sencillos, según método que resulta familiar a esos hombres y que además era aprobado por todos. Cualquier discusión o tentativa de persuasión provocaban la ironía y el desprecio sin duda alguna porque su jefe, o sea yo, era una mujer.»

Viajeras intrépidas y aventureras, Cristina Morató, Ed. Plaza y Janés

James Joyce

‒Tres penics si’s plau.

La mà acceptà la glàndula tendra i humitosa i l’esmunyí en una butxaca del costat. Després es tragué tres monedes dels pantalons i les deixà damunt de la goma amb punxes. Allí es quedaren, foren comprovades ràpidament i ràpidament esmunyides, disc per disc, al calaix.

‒Gràcies, senyor. Fins a una altra.

Un bri de foc despert dels ulls de guineu li donava les gràcies. Ell apartà la vista un segon després. No, més val que no; Un altre dia.

‒Bon dia ‒digué anant-se.

‒Bon dia tingui.

Ni rastre. Esfumada. Tant se val!

Tornava per Dorset Street llegint atentament. Agendath Netaim: Plantacions. Per comprar extensos sorrals al govern turc i plantar eucaliptus. Excel·lents per a fer ombra, com a combustible i per a la construcció. Tarongerars i immensos camps de melons al nord de Jaffa. Pagues vuit marcs i planten pel teu compte un dunam de terreny d’olives, taronges, ametlles o llimones. Les olives, més barates; les taronges necessiten regadiu artificial. Cada any reps una remesa de la collita. El teu nom enregistrat per tota la vida com a propietari al llibre de la societat. En pots pagar deu al comptat i la resta en terminis anuals. Bleibtreustrasse 34, Berlin, W.15.

No hi ha res a fer. De totes maneres, una idea interessant.

Mirà el bestiar borrós en la calitja platejada. Polsim platejat de les oliveres. Dies llargs i tranquils; podar, madurar. Les olives es posen en pots, oi?  Me’n queden unes quantes de ca l’Andrews. Molly escopint-les. Sap quin gust tenen ara. Taronges en paper de seda col·locades en caixes. Llimones també. Cítrics. No sé si deu ser viu el pobre Citron de St Kevins Parade. I el Mastiansky amb la cítara vella. Unes nits ben agradables, passàvem llavors. Molly a la cadira de vímets del Citron. Plaent al tacte, fruita de cera, fresca, la tens a la mà, te l’acostes al nas i n’olores el perfum. Així, un perfum dens, dolç, feréstec. Sempre igual, un any darrera l’altre. I també aconseguim bons preus em va dir el Moisel. Arbutus Place; Pleasants Streets; vells temps plaents. No hi ha d’haver ni una falla, va dir. Fent un viatge llarg: Espanya, Gibraltar, la Mediterrània, Llevant. Caixes arrenglerades als molls de Jaffa, un home que les controla en un llibre, els estibadors de granotes tacades que les traginen. Ara surt el com-se-digui. Bon dia? No em veu. Un que coneixes just de saludar-lo, una mica pesat. Té l’esquena com la d’aquell capità noruec. No sé si el deuré trobar avui. Carro de regar. Per a provocar la pluja. Així en la terra com en el cel.

Ulisses, Editorial Leteradura, traducció Joaquim Mallafrè

 

Josep Conrad

«Els vam donar el correu. Vaig sentir que en aquell solitari vaixell els homes morien a raó de tres per dia a causa de la febre. Continuàrem endavant. Atracarem en uns quants llocs més amb noms absurds, llocs on es ballava la joiosa dansa de la mort i del comerç en una atmosfera tranquil·la i crua com la d’una catacumba sobreescalfada; al llarg d’aquella costa amorfa, flanquejada per onades perilloses, com si la mateixa mare naturalesa hagués intentat espolsar-ne els intrusos. Entràvem i sortíem dels rius, vius corrents de la mort, amb els marges podrint-se en el fang i les aigües estancades convertides en llot, les quals envaïen els convulsos mangles, que semblaven retorçar-se davant nostre en una immensa i impotent desesperació. No paràrem prou de temps enlloc perquè me’n pogués fer cap idea particular, però dintre meu creixia un sentiment d’estupefacció vague i opressiu. Era com un pelegrinatge desconhortant entre escenes de malsons.

Passaren més de trenta dies abans no veiérem la desembocadura del gran riu. Vam ancorar el vaixell davant la seu del govern. Però jo havia de treballar a unes dues-centes milles més al nord. Així, doncs, tan aviat com vaig poder, vaig emprendre el camí cap a un lloc que es trobava trenta milles més enllà».

El cor de les tenebres, Editorial Base. Traducció Neus Bonilla

Giovanni Boccaccio

Cinquena jornada

Novel·la quarta

Ricciardo Manardi és trobat per micer Lizio de Valbona amb la seua filla, amb la qual es casa, i amb el seu pare resta en pau.

(…)

Misser Lizo, en escoltar que la jove s’havia gitat, tancant una porta que de la seua cambra abocava a la galeria, se n’anà a dormir. Ricciardo, en sentir que pertot arreu les coses estaven tranquil·les, amb l’ajut d’una escala pujà al mur, agafant-se a unes volades d’altre mur, amb gran esforç (i perill si s’hagués caigut) arribà a la galeria, on calladament amb immens goig fou rebut per la jove; i després de molts besos es gitaren junts i durant la nit prengueren un de l’altre delectança i plaer, fent cantar el rossinyol. I com que les nits eren curtes i el plaer gran, i  ja pròxim el dia (la qual cosa no pensaven), escalfats tant pel temps com per l’enjogassament, sense tenir res damunt es van adormir, tenint Caterina amb el braç dret abraçat Ricciardo sota el coll i agafant-li amb la mà esquerra per la cosa que vosaltres molt us avergonyís de nomenar quan esteu amb homes. I tot dormint així sense despertar-se, arribà misser Lizio; i reordant-se que la seua filla dormia a la galeria, obri la porta silenciosament i digué:

‒Vaig a veure com el rossinyol ha fet dormir aquesta nit Caterina.

I sortint fora en silenci, alçà la gerga amb què estava amagat el llit, i es va trobar Ricciardo i Caterina despullats i destapats que dormien de la manera a dalt descrita; i coneixent bé Ricciardo, en silenci se n’anà a la cambra de la seua dona i la cridà dient:

‒Apa, dona, prompte, alça’t i vine a veure la teua filla que tan desitjosa estava del rossinyol que l’aguaitat tant que l’ha agafat i el té a la mà.

Diu la dona:

‒Com pot ser això?

Digué misser Lizio:

‒Ho veuràs si vens de seguida.

(…)

Decameró (1351-1353)

(Durant la pesta bubònica set dones i tres homes busquen refugi als afores de Florència, en una vil·la, durant deu dies. Per a passar l’estona, cada dia, cadascú contarà una història).

 

Manuel Puig

Capítulo II

México, octubre 1975

Nunca se me había ocurrido escribir un diario íntimo. Quién sabe por qué. Debe ser porque no tenía tiempo, aunque pensar sí, estoy pensando todo el día. La verdad es que soy una de esas personas, o mujeres, lo cual no sé si encaja en eso de persona, que están todo el día piensa y piensa. No hago más que reflexionar todo el día, pero eso sí, al mismo tiempo que hago otra cosa. No creo que todo el mundo sea así, no, imposible. Por ejemplo, si estoy eligiendo una manzana en el supermercado, no sé, le estoy dando una importancia bárbara, como si esa manzana, al servirla en una frutera de plata, o al morderla un huésped especial, o al ser digerida por mí misma, pudiese cambiar el rumbo de una vida, o de dos vidas. Y para qué hablar del momento de decidir entre un pañuelo azul y otro celeste, bueno, allí ya se está jugando el destino de la humanidad entera. ¿Manía por metafísica? ¿o aburrida, pavota superstición?

Antes un poco me divertía estar a merced de esas emboscadas del destino, pero en estas últimas semanas ya me han hartado. O yo me harté a mí misma con tanto peligro. Ya casi cinco semanas en cama. ¿Por qué me darán miedo los números impares? Debo estar empezando este diario por alguna razón en especial, pero no se me ocurre cuál.

Tuve que interrumpir un momento, el viento de golpe sopló muy fuerte por la ventana y se me volaron estas hojas sueltas. Me conviene un cuaderno, va a ser más práctico. Y llamé a la enfermera para que me alcanzara las hojas y entró cuando estaba contando hasta veinticuatro, que es múltiplo de dos, de cuatro, y de seis, así que seguramente este diario empieza bien. A todo esto, ¿por qué esa sensación de que los números pares traen mejor suerte?

Pubis angelical, Seix Barral