Cristina Morató

Mary Sheldom: La exploradora feminista

“La culpa de que la americana Mary Sheldom se hiciera exploradora la tuvo un insigne amigo de su padre, Henry Morton Stanley. Por aquel entonces el explorador y descubridor de las míticas Montañas de la Luna se encontraba en la cumbre de su carrera. Sus audaces aventuras africanas despertaban en los jóvenes la atracción por lo desconocido.”

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(Mary Sheldom) “Se despide de su marido que prefiere esperarla cómodamente en su casa de Boston y zarpa rumbo a Mombasa, en la costa swuahili africana. A partir de este momento empiezan los problemas: ni en Mombasa ni en la isla de Zanzíbar encuentra porteadores que quieran acompañarla. Pero no es de las que se doblegan con facilidad y decide pedir ayuda al sultán de la isla (…). Consigue más de cien hombres (…). Sólo convence a una porteadora para que la acompañe en su travesía. La idea de formar una expedición integrada sólo por mujeres deberá dejarla de lado.

Mary parte con una caravana de ciento cincuenta y tres porteadores y pronto se revela como una gran estratega. En su caso le interesan más las personas que los paisajes maravillosos que desfilan ante ella. Quiere llegar al país de los masáis, a los pies del Kilimanjaro pero quiere que haya las menos bajas posibles. Así se preocupa constantemente de la salud de su gente, les vacuna contra la viruela, les cura las llagas, hace jornadas más cortas para evitar el agotamiento. Los porteadores que en un principio dudaban de ella, ahora la apodan cariñosamente «Bebe Bwana», la mujer jefe. Saben que es una experta tiradora y que puede defenderles en caso de peligro. También saben que si no la obedecen es capaz de castigarlos con dureza. En un momento del viaje los porteadores que encabezan la columna se niegan a seguir por temor a los masáis. May les amenaza con su pistola, pero es inútil, y decide castigar a los cabecillas mandándoles azotar. En su libro justificará esta actitud: «En total no azoté a más de diez hombres durante todo el viaje… Me di cuenta de que la disciplina sólo podía ser mantenida por la aplicación de castigos seguros y sencillos, según método que resulta familiar a esos hombres y que además era aprobado por todos. Cualquier discusión o tentativa de persuasión provocaban la ironía y el desprecio sin duda alguna porque su jefe, o sea yo, era una mujer.»

Viajeras intrépidas y aventureras, Cristina Morató, Ed. Plaza y Janés