Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza

Pudenciana se había levantado al despuntar el día, había afilado un cuchillo y había decapitado dos pollos; cuando empezaba a desplumarlos oyó el estruendo de los tiros en la montaña y se persignó. Luego volvió a enfrascarse en su monótona labor hasta que la distrajeron los aullidos lastimeros de los perros. Alguien ha muerto, pensó; este pensamiento la dejó desazonada y uno de los perros aprovechó la circunstancia para comerse las mollejas sin ser visto. Pudenciana salió al jardín. Al pronto no supo quién podía ser aquella figura harapienta y greñuda que franqueaba la cancela: pensó que se trataba de una gitana; luego, que de una indigente; por último, que de una muerta rediviva recién levantada de la sepultura. Tenía el rostro exangüe y desflorado, la boca marchita, las pupilas extraviadas y caminaba con paso inseguro, como un ciego que tanteara un terreno preñado de añagazas; llevaba la ropa cubierta de manchas herrumbrosas, descosida y rasgada hasta rozar los límites de la decencia. Ante esta aparición los perros rezongaban, remisos a cumplir su bronco cometido. Al acercarse Pudenciana, la patética figura se detuvo y abrió los labios, pero no articuló ningún sonido; luego abrió los brazos con las palmas de las manos vueltas hacia fuera y en este gesto, sin causa alguna que lo justificara, reconoció la guardesa a sor Consuelo, advirtió que los lamparones que le cubrían el vestido eran en realidad manchas de sangre coagulada y se sintió invadida de una profunda piedad por aquel ser dolorido y ofuscado sobre quien se habían abatido amarguras, terrores y violencias y a quien sólo la determinación insensata mantenía tambaleante en el último escalón de la cordura.

El año del diluvio, editorial Seix Barral

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