Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez     

Cuando el funcionario de inmigración abrió mi pasaporte tuve el presagio nítido de que si levantaba la vista para mirarme a los ojos iba a darse cuenta de la suplantación. Había tres mostradores, todos atendidos por hombres sin uniforme, y yo me había decidido por el más joven, que me pareció el más rápido. Elena se metió en una cola distinta, como si no nos conociéramos, porque si uno de los dos tenía problemas el otro saldría del aeropuerto para dar la voz de alarma. No fue necesario, pues era evidente que los funcionarios de inmigración tenían tanta prisa como los pasajeros para que no los sorprendiera el toque de queda, y apenas si miraban los documentos. El que me atendía a mí no se detuvo siquiera a examinar las visas, pues sabía que sus vecinos uruguayos no las necesitaban. Puso el sello de entrada en la primera hoja limpia que encontró, y en el momento de devolverme el pasaporte me miró fijo a los ojos con una atención que me heló las entrañas.

   –Gracias– dije con voz firme.

   Él me respondió con una sonrisa luminosa:

   –Bienvenido.

Las maletas estaban saliendo con una rapidez que hubiera parecido insólita en cualquier aeropuerto del mundo, porque también los funcionarios de aduana querían llegar a sus casas antes de la queda. Yo cogí la mía. Luego la de Elena –pues estábamos de acuerdo en que yo saldría primero con los equipajes para ganar tiempo– y llevé ambas hasta la plataforma de control de aduana. El controlador estaba tan apurado como los pasajeros por el toque de queda, y en vez de registrar las maletas incitaba a los viajeros a salir de prisa. Me disponía apenas a poner las mías en la plataforma cuando me preguntó:

  – ¿Viaja solo?

Le dije que sí. Él echó una mirada rápida a las dos maletas y me ordenó con voz urgente: “Ya, váyase”. Pero una supervisora que no había visto hasta entonces –una cancerbera clásica, de uniforme cruzado, rubia y varonil– gritó desde el fondo: “Registra a ése”.

La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, editorial Grijalbo Mondadori

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