Manuel Puig

Capítulo II

México, octubre 1975

Nunca se me había ocurrido escribir un diario íntimo. Quién sabe por qué. Debe ser porque no tenía tiempo, aunque pensar sí, estoy pensando todo el día. La verdad es que soy una de esas personas, o mujeres, lo cual no sé si encaja en eso de persona, que están todo el día piensa y piensa. No hago más que reflexionar todo el día, pero eso sí, al mismo tiempo que hago otra cosa. No creo que todo el mundo sea así, no, imposible. Por ejemplo, si estoy eligiendo una manzana en el supermercado, no sé, le estoy dando una importancia bárbara, como si esa manzana, al servirla en una frutera de plata, o al morderla un huésped especial, o al ser digerida por mí misma, pudiese cambiar el rumbo de una vida, o de dos vidas. Y para qué hablar del momento de decidir entre un pañuelo azul y otro celeste, bueno, allí ya se está jugando el destino de la humanidad entera. ¿Manía por metafísica? ¿o aburrida, pavota superstición?

Antes un poco me divertía estar a merced de esas emboscadas del destino, pero en estas últimas semanas ya me han hartado. O yo me harté a mí misma con tanto peligro. Ya casi cinco semanas en cama. ¿Por qué me darán miedo los números impares? Debo estar empezando este diario por alguna razón en especial, pero no se me ocurre cuál.

Tuve que interrumpir un momento, el viento de golpe sopló muy fuerte por la ventana y se me volaron estas hojas sueltas. Me conviene un cuaderno, va a ser más práctico. Y llamé a la enfermera para que me alcanzara las hojas y entró cuando estaba contando hasta veinticuatro, que es múltiplo de dos, de cuatro, y de seis, así que seguramente este diario empieza bien. A todo esto, ¿por qué esa sensación de que los números pares traen mejor suerte?

Pubis angelical, Seix Barral