Rafael Alberti

«Con el alma llena de sangre nobilísima y los oídos de explosiones, he andado por las calles de París y vivido con el grande y humano Pablo Neruda, verdadero ángel para los españoles, en las orillas del Sena, 31, Quai de l’Horloge. A mediados de agosto, con el natural fin de no morir de hambre y evitar el ser carga para los nada espléndidos franceses, María Teresa y yo aceptamos de la radio París-Mondiale, por sugerencia y recomendación de Picasso, un modesto ofrecimiento de simples traductores para las emisiones castellanas dirigidas a la América Latina. ¿Qué llevo hecho en estos meses? ¿Qué he producido? Apenas nada. Sólo he visto morir de hambre y persecución a muchos buenos españoles y alejarse de las costas de Europa a muy buenos amigos. Pero ya hablaré de esto algún día. Los presentes son demasiado duros, demasiado tristes para escribir de ellos. Quiero volver a aquellos otros de mi infancia junto al mar de Cádiz, aireándome la frente con las ondas de los pinares ribereños, sintiendo cómo se me llenan de arena los zapatos, arena rubia de las dunas quemantes, sombreadas a trechos de retamas.

¡Las dunas! Durante las rabonas, que decidí conocer y disfrutar a principios del tercer año, ellas fueron, con su arena dorada y movediza, mi refugio ardoroso, mi fresca guarida, mientras las duras horas de las matemáticas y los rosarios del atardecer. Bajo unos árboles como verdes bolas, que por allí llaman transparentes, quizás a causa de lo separado y largo de sus ramas, sólo pobladas en los extremos, nos instalábamos, tomándolos por tiendas. ¡Alegres bienteveos desde donde, enterrados los libros y la ropa, bajábamos a la orilla ya desnudos, libres de teoremas y ecuaciones! ¡El mar de Cádiz! ¡Qué armonía, qué rayadora claridad me traen estas palabras! (Y también, cegador, el soneto de Lope:

Esparcido el cabello por la espalda,

que fue del sol desprecio y maravilla,

Silvia cogía por la verde orilla

del mar de Cádiz conchas en su falda…)

Sólo los niños ciegos, buenos y tontos del colegio no han conocido aquellas horas radiosas, llenas de viento y sales, tembladoras del blanco de las salinas hacia Puerto Real y la isla, suficientes para empapar toda la vida de una infinita luz azul, ya imposible de desterrarla de los ojos. Cuando me muera, si es que a mi cuerpo no lo manda a la nada una bomba de Europa, que me abran los ojos suavemente; ésos verán cómo se les albean los dedos de espuma de la playa y las uñas de fina arena; y en mis pupilas, igual que dos minúsculos esteros de cristales, con mis ciudades primorosas en círculo, balanceadas de mástiles y chimeneas.”

La arboleda perdida. Memorias, Rafael Alberti, Editorial Seix Barral